25.3.09

ENREDO CULPABLE EN EL CASO DE MARTA DEL CASTILLO

Investigaciones policiales y judiciales sobre la desaparición y más que probable muerte de Marta del Castillo están viéndose dificultadas por un enredo que incrementa el dolor de sus familiares y amigos y aviva la indignación ciudadana. La nueva declaración del autor confeso, Miguel Carcaño, en la que habría acusado al menor de edad conocido como 'El Cuco' del asesinato de la joven, señalando además que su cuerpo fue arrojado a un contenedor de basura y no al Guadalquivir, se unió ayer a las contradictorias manifestaciones que han ido protagonizado los involucrados en las investigaciones ante la Policía y el juez. Si el hecho de que no se haya encontrado el cuerpo de Marta del Castillo, cuyo rastro se perdió hace dos meses, constituía un problema para el procedimiento abierto y, en última instancia, para el enjuiciamiento de la causa, el cruce de versiones, imputaciones y confesiones públicas en torno al caso añaden crueldad a la ya ignominiosa conducta de quienes aparecen implicados en su desaparición y ya el colmo de la ignominia de estos delincuentes sádicos llegaría si, después de estar revolviendo toda la basura donde se pudo depositar la de aquel aciago día, vaya a resultar que el final de los restos de Marta fueran incinerados. Todo con esta gente es posible.

Los medios humanos y materiales empleados en la búsqueda del cuerpo de Marta y la pericia centrada en el esclarecimiento de los hechos no han sido hasta ahora suficientes para encauzar las investigaciones hacia unas conclusiones definitivas. Es inevitable la sospecha de que los detenidos están tratando de ocultar la verdad de lo acontecido, bien sea tras conjurarse para ello, bien como reacción personal para zafarse de la condena semanas después de la desaparición de la joven. El mero riesgo de que el enredo montado pudiera dejar impune el más que probable crimen, porque las pruebas y los indicios no alcancen a demostrar ni quiénes fueron los culpables ni, incluso, de qué delito se trató genera una inquietud lógica en la opinión pública y una desazón inenarrable entre sus seres queridos. Posiblemente ni el juez ni la Policía podrían emplear mayores esfuerzos y conocimiento para esclarecer cuál fue la suerte que aquella noche corrió Marta. Al tiempo que a estas alturas resulta inevitable que la instrucción del caso sea objeto preferente de la atención pública, con el riesgo que ello conlleva de enturbiar un juicio por jurado. Pero, inmersos en el enredo, sería necesario que la proyección mediática del caso se ciña al máximo a los términos en los que se pronuncie la Policía y se redacte el sumario, evitando especular con una situación tan dolorosa o añadir datos y testimonios infundados que sólo contribuyen a la banalización del drama

FIDEL CAMPO SANCHEZ